Incluso con más recursos que sus padres, mantener su nivel de vida les plantea un desafío mayor
Como muchas personas que vivieron su infancia en los sesenta, Miriam Repetto no deja de sorprenderse al pensar cómo cambió la economía doméstica a lo largo de estas pocas décadas. Lejos de una reflexión filosófica, lo suyo es casi una reacción cotidiana que le brota cada vez va a hacer las compras, paga las cuentas o se enfrenta a los gastos mensuales de su familia. Incluso con más recursos económicos que los tenían sus propios padres, ella siente junto a su marido que mantener hoy un tren de vida de clase media para ellos y sus hijos resulta un desafío mucho mayor.
La tercera de cuatro hermanos de una familia de Ensenada, Miriam recuerda que aunque el único ingreso por entonces era el que aportaba su papá como empleado de Astilleros, en su casa de la infancia “nunca faltaba nada”. Su mamá se ocupaba de que así fuera. Cuando una camisa empezaba a dar muestras de demasiados lavados, “se le daba vuelta el cuello”; cuando los pantalones se gastaban en las rodillas, “se les ponían pitucones”. “Los hermanos mayores le heredaban la ropa a los más chicos”. “Nadie tenía más de un conjunto para salir”. Y la compra más importante, que era la de comida, “se hacía peleando el centavo”.
Aunque Miriam se propone en ocasiones emular aquella economía doméstica de su mamá, sabe de antemano que se trata de una batalla perdida. Con un empleo en la Biblioteca de la Universidad que le ocupa buena parte de su jornada, apenas si le queda margen para las tareas hogareñas. Y pese a que se preocupa por “buscar precios”, reconoce que muchas veces termina “comprando en cualquier lado” por falta de tiempo.
Por la misma razón, y aunque ella y su esposo asistieron a escuelas públicas, decidieron que desde el principio sus dos hijos, Gabriel y Agustín, recibieran educación privada. “Si en cada paro docente tenía que faltar al trabajo para quedarme a cuidarlos me hubieran terminado echando. Y lo cierto es que además la escuela pública ya no es en general tan buena como antes”, explica.
Con todo, no son ésos lo únicos gastos extras que afronta su familia en contraste con la generación de sus padres. Mientras que en su hogar de la infancia sólo había una radio y un televisor, hoy en el casa de Miriam hay dos televisores con señal de cable, tres teléfonos, una computadora con internet y una amplia batería de electrodomésticos con sus respectivas facturas de servicios.
En el universo de la clase media, un segmento que en nuestro país abarcaría el 36,3 % de la población, los gastos que plantea Miriam son apenas algunos de los que se han venido sumando al presupuesto familiar a lo largo de los últimos años. En otro hogares también lo son la seguridad y la medicina prepaga. En fin, una pesada carga a la que algunos sienten que ya no podrían renunciar y otros se preguntan cómo fue que la asumieron.
PAGAR DOS VECES
“Que mantener hoy el mismo nivel de vida que hace treinta años resulta mucho más difícil es más que evidente”, señala el economista Marcelo Elbaum, director de la consultora en inversión Convexity y autor del libro “Hombre Rico, Hombre Pobre”. Lo que tal vez no sea tan evidente, al menos para muchos familias de clase media, es por qué ha llegado a serlo.
Si bien se trata de un fenómeno complejo que no puede atribuirse a una sola causa, algunos sociólogos e investigadores -como la licenciada Patricia Váldez, directora de cuentas en el Centro de Estudios de Opinión Pública- no dudan en señalar entre las más notorias el debilitamiento que ha venido sufriendo el Estado en su capacidad de respuesta antes ciertas necesidades de la población.
“Es algo que queda claro al indagar por qué una parte de la clase media hoy contrata empresas de medicina prepaga, manda sus hijos a escuelas privadas o incorpora sistemas de seguridad en sus casas”, dice.
De la mano de este fenómeno, sólo en la última década “la matrícula de las escuelas privadas ha venido incrementándose a un ritmo del 4% anual mientras que la del sistema público se mantiene casi invariable pese al crecimiento demográfico”, señala Héctor Reynoso, vicepresidente de la Asociación Civil de Institutos de Educación Privada de Buenos Aires.
Si bien las cuotas de los colegios privados varían en un rango que va desde los 70 pesos mensuales hasta más 2 mil, para un número creciente de padres de clase media -muchos de los cuales fueron a escuelas públicas- la educación de sus hijos representa hoy en promedio un 9.3% de su presupuesto mensual, según un estudio realizado por la consultora Ecolatina en base a una familia tipo.
Algo similar se observa en materia de seguridad, otro ítem que se ha venido incorporando en el presupuesto de un porcentaje cada vez mayor de familias. Para confirmarlo basta observar cómo creció el mercado de sistemas de alarmas con monitoreo.
Mientras que a principios de la década del noventa eran contados los hogares que disponían alarmas monitoreadas, “hoy de las 200 mil partidas inmobiliaras que hay en La Plata, cerca de 25 mil poseen algún sistema de seguridad, a un costo que va entre los 80 y 150 pesos al mes”, afirma Daniel Cadenas, el gerente de la Cámara de Empresas de Seguridad de Buenos Aires.
“Si es más caro vivir es porque hoy muchas cosas se pagan dos veces: la salud, la educación y la seguridad, entre otras. Se pagan impuestos para tener buenos hospitales, una buena educación pública y una policía más eficiente; pero a su vez muchas familias sienten la necesidad de mandar a sus hijos a escuelas privadas, tener una prepaga o contratar seguridad privada porque lo que ofrece el Estado no es suficiente”, explica el economista Marcelo Elbaum.
BIENES A MANO
Lo cierto es que tal retracción del Estado no es por lejos la causa excluyente de que a las nuevas generaciones les resulte cada vez más caro integrar la clase media. Al analizar las pautas de consumo familiar a lo largo de las últimas décadas queda en evidencia que los gastos no sólo han crecido en áreas como la educación, la salud o la seguridad. También lo han hecho en otros ítems que poco tiempo atrás ni siquiera integraban el presupuesto de una familia.
A la par de un mercado de consumo que ha multiplicado sus ofertas, la clase media hoy consume un número mucho mayor de bienes y servicios, ya sea porque los considera símbolos de status, o bien porque no puede aspirar a otro inversión mayor, señala Elbaum.
“Como no existen créditos accesibles que permitan a la clase media aspirar, por ejemplo, a la compra de una casa, la gente tiende a canalizar su necesidad de consumo hacia otros tipo de bienes a mano que le ofrecen una satisfacción inmediata”, dice.
Más allá del salto tecnológico que significó su aparición en el mercado, los teléfonos celulares e internet serían un buen ejemplo de lo que menciona el economista. “En la clase media, la posesión de telefonía celular alcanza hoy un 95% de los hogares. Si se tiene en cuenta que en el país habría cerca de 40 millones de equipos, casi estamos hablando de uno por persona en muchas familias”, comenta la licenciada Patricia Váldez.
Aunque un poco más atrás, “también internet y la televisión paga vienen teniendo en los últimos años una penetración notable en los hogares de clase media. En el primero de los casos ronda 62%; en el otro, el 60″, resalta la directora de cuentas del Centro de Estudios de Opinión Pública.
La introducción de nuevos insumos en los hogares también se hace patente en el gasto de electricidad. Impulsado por equipos aire acondicionado frío-calor, heladeras con freezer, televisores y computadoras entre otros electrodomésticos, el consumo de energía domiciliaria se duplicó en apenas diez años, según registra en La Plata la empresa Edelap.
Frente a esta nueva economía doméstica de la clase media, tan alejada de aquella que regía hace apenas unas décadas, muchas familias no dejan de reconocer el mayor grado de confort que implica en la vida diaria. Pero ese confort tiene sin duda su costo, un costo que se paga con enorme esfuerzo y, en mucho casos, con una angustiosa sensación de vértigo a fin de mes.
Fuente: El Dia








